miércoles, 20 de junio de 2018
sábado, 10 de marzo de 2018
Extractos de la aventura que más pesadumbre dio a don Quijote de cuantas hasta entonces le habían sucedido.
Caballero de la Blanca Luna,
cuyas hazañas hasta agora no han llegado a mi noticia, yo osaré jurar que jamás
habéis visto a la ilustre Dulcinea; que si visto la hubiérades, yo sé que
procurárades no poneros en esta demanda, porque su vista os desengañara de que
no ha habido ni puede haber belleza que con la suya comparar se pueda; y así,
no diciéndoos que mentís, sino que no acertáis en lo propuesto, con las
condiciones que habéis referido, aceto vuestro desafío, y luego, porque no se
pase el día que traéis determinado; y sólo exceto de las condiciones la de que
se pase a mí la fama de vuestras hazañas, porque no sé cuáles ni qué tales
sean: con las mías me contento, tales cuales ellas son. Tomad, pues, la parte
del campo que quisiéredes, que yo haré lo mesmo, y a quien Dios se la diere,
San Pedro se la bendiga.(Capítulo LXIV de la Segunda Parte)
-Dulcinea del Toboso es la más
hermosa mujer del mundo, y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es
bien que mi flaqueza defraude esta verdad. Aprieta, caballero, la lanza, y
quítame la vida, pues me has quitado la honra.
-Eso no haré yo, por cierto -dijo el de la Blanca Luna-: viva, viva en su entereza la fama de la hermosura de la señora Dulcinea del Toboso, que sólo me contento con que el gran don Quijote se retire a su lugar un año, o hasta el tiempo que por mí le fuere mandado, como concertamos antes de entrar en esta batalla.
Todo esto oyeron el visorrey y don Antonio, con otros muchos que allí estaban, y oyeron asimismo que don Quijote respondió que como no le pidiese cosa que fuese en perjuicio de Dulcinea, todo lo demás cumpliría como caballero puntual y verdadero.
(Capítulo LXIV de la Segunda Parte)
-Eso no haré yo, por cierto -dijo el de la Blanca Luna-: viva, viva en su entereza la fama de la hermosura de la señora Dulcinea del Toboso, que sólo me contento con que el gran don Quijote se retire a su lugar un año, o hasta el tiempo que por mí le fuere mandado, como concertamos antes de entrar en esta batalla.
Todo esto oyeron el visorrey y don Antonio, con otros muchos que allí estaban, y oyeron asimismo que don Quijote respondió que como no le pidiese cosa que fuese en perjuicio de Dulcinea, todo lo demás cumpliría como caballero puntual y verdadero.
(Capítulo LXIV de la Segunda Parte)
Al salir de Barcelona, volvió don
Quijote a mirar el sitio donde había caído, y dijo:
-¡Aquí fue Troya! ¡Aquí mi desdicha, y no mi cobardía, se llevó mis alcanzadas glorias; aquí usó la fortuna conmigo de sus vueltas y revueltas; aquí se escurecieron mis hazañas; aquí, finalmente, cayó mi ventura para jamás levantarse!
(Capítulo LXVI de la Segunda Parte).
-¡Aquí fue Troya! ¡Aquí mi desdicha, y no mi cobardía, se llevó mis alcanzadas glorias; aquí usó la fortuna conmigo de sus vueltas y revueltas; aquí se escurecieron mis hazañas; aquí, finalmente, cayó mi ventura para jamás levantarse!
(Capítulo LXVI de la Segunda Parte).
jueves, 5 de abril de 2012
ANCLAO EN PARIS
Tirao por la vida de errante bohemio
estoy, Buenos Aires, anclao en París.
Cubierto de males, bandeado de apremio,
te evoco desde este lejano país.
Contemplo la nieve que cae blandamente
desde mi ventana, que da al bulevar
las luces rojizas, con tono muriente,
parecen pupilas de extraño mirar.
Lejano Buenos Aires ¡qué lindo que has de estar!
Ya van para diez años que me viste zarpar...
Aquí, en este Montmartre, fobourg sentimental,
yo siento que el recuerdo me clava su puñal.
¡Cómo habrá cambiado tu calle Corrientes..!
¡Suipacha, Esmeralda, tu mismo arrabal..!
Alguien me ha contado que estás floreciente
y un juego de calles se da en diagonal...
¡No sabes las ganas que tengo de verte!
Aquí estoy varado, sin plata y sin fe...
¡Quién sabe una noche me encane la muerte
y, chau Buenos Aires, no te vuelva a ver!
(Música: Guillermo Barbieri, Letra: Enrique Cadícamo)
sábado, 3 de marzo de 2012
Los Hijos

Hace once años, en Montevideo, yo estaba esperando a Florencia en la puerta de la casa. Ella era muy chica; caminaba como un osito. Yo la veía poco. Me quedaba en el diario hasta cualquier hora y por las mañanas trabajaba en la Universidad. Poco sabía de ella. La besaba dormida, a veces le llevaba chocolatines o juguetes.
La madre no estaba aquella tarde, y yo esperaba en la puerta de la casa el ómnibus que traía a Florencia de la jardinería.
Llegó muy triste. No hablaba. En el ascensor hacía pucheros. Después dejó que la leche se enfriara en el tazón. Miraba el piso.
La senté en mis rodillas y le pedí que me contara. Ella negó con la cabeza. La acaricié, la besé en la frente. Se le escapó alguna lágrima. Con el pañuelo le sequé la cara y la soné. Entonces volví a pedirle:
- Andá, decime.
Me contó que su mejor amiga le había dicho que no la quería.
Lloramos juntos, no sé cuánto tiempo, abrazados los dos, ahí en la silla.
Yo sentía las lastimaduras que Florencia iba a sufrir a lo largo de los años y hubiera querido que Dios existiera y no fuera sordo, para poder rogarle que me diera todo el dolor que le tenía reservado.
Eduardo Galeano.
sábado, 24 de septiembre de 2011

Adiós
presiento que eso tienes que decirme
como una verdad que se va decantando sola
no te vayas
porque tengo toda mi vida
para convencerte de que te quedes
no te vayas,
no apagues la luz,
déjame hacerte feliz
aunque se, solo para mi,
que a veces he hecho exactamente todo lo contrario,
pero nunca deje de pensar en ti, nunca
aunque fuera para sacarme el amor,
pero te amo,
me resisto a imaginarme sin ti,
veo venir el adiós, de tu silencio, de tu indiferencia
y cuando eso pase, además de saber que lo merezco,
porque no existen excusas en lo inmaculado,
deberé tragarme el amor,
que ni siquiera te he dicho,
masticarlo y escupirlo muy lejos de mi,
con saliva manchada de sangre
no te vayas,
en tu felicidad esta mi redención,
en tu felicidad mi felicidad,
contigo todo tiene sentido, la verdad es de luz
y no me deja caer en las tinieblas
si te quedaras, con tu carita linda en mi vida,
bastaría contemplarte para que todo el mundo
y su mierda me fuera indiferente
pero ya vez,
tengo este paranoide miedo de perderte,
patético miedo
y supongo que solo atinare a decirte esa palabra
cuando te vallas de mi
adiós
que solo significa eso
y nada de lo querré decirte en ese momento
de lo que quiero decirte ahora
y no sabrás que te amo, que te amo.
sábado, 23 de julio de 2011
LA PENA DE FERMÍN

Patrón, yo la quería
y ella era güena, se lo juro yo.
Pero su paire, On Chuma -el que tenía
en el Bajo un chinchel-, me la negó.
Me la negó, patrón, porque en la vía
puee más que el cariño el interés.
Porque él necesitaba a la María
pa esplotarla lo mesmo qui a una res.
¡Y era tan rebonita!
Si parecía, con su moo di andar,
una mariposita…
un pajarito ‘e Dios que va a volar!
Nunca hey visto unos ojos como aquéllos,
Negros, pero con luz, como el carbón…
¡Cuando mi acuerdo d`ellos
siento que me le aprieta el corazón!
Siempre, cuando golvía del trabajo,
me paraba a su puerta... Y una vez
en el chinchel del Bajo,
me tomaba una copa..., u dos..., u tres.
Riéndose, la María
me priuntaba, di atrás del mostrador:
- ¿y pa qué tomáis tanto? – Y yo le icía:
-Remedio pa la pena es el licor.
-Pero, ¿vos tenís pena?
¿Un mozo joven como vos, Fermín?...
¡Ya le hey dicho, patrón, que ella era güena
y que yo la quería con güen fin!
Así, sin impaciencias ni ´escaro,
ibamos platicando la amistá…
¡Nunca me hallé capás de hablarle claro.
y en eso estuvo mi fataliá!
Muchas veces, puntiando en la vihuela
una tonaa cantaba a media voz…
¡De no golverla a oír, quién se consuela,
patroncito, por Dios!
Yo me queaa di un hilo, embelesao
oyéndola cantar...
No cantan con más gusto ni afinao
los pajaritos cuando va a clariar.
Endey, el pobre guaso,
solo con su ilusión,
s´iba en su caballito, paso a paso,
saltándole de gusto el corazón.
Y el viento, y las montañas,
y el matorral y la arbolera, en fin,
too, lo iba sintiendo en las entrañas
que me gritaba: "¡Quérela, Fermín!"
La estrellita que en lo alto aparecía,
la flor de más olor,
too, cosa ´espresiable lo creía
comparao a mi amor.
¡Que será bien bonito
cuando vayamos d´el brazo p´al altar!"
Y yo icía su nombre ´espacito
pa que naiden lo oyera prenunciar.
Pero una tarde, el viejo,
por unos chismes que alguien le sopló,
arrugó el entrecejo,
y lo mesmo que a un perro me trató.
-¿Que te habís figurao?
¡Tómate el trago y te mandáis cambiar!
¿O pensais que a mi niña la hey criao
pa un guaso bruto como vo? ¡Güen dar!
Yo quise protestar, largar la brava...
Pero... ¡la pura! que no hallé que hacer
cuando vide a mi prienda que lloraba
Con la cara voltiá pa' la paré.
...Ya no la hey visto más. La suerte ingrata
no me la quiso ´ar.
¡Hasta que un día supe que por plata
su mesmo paire la dejó escapar!
¿Onde está la María?
Si está viva o es muerta, no lo sé...
¡Solo sé que pa mi no hay alegría
ende que ella ´e jué!.
Y ésa es mi pena grande, caballero.
Ese y no otro es mi dolor, patrón.
Entuavía la quero...
¡Me tendrá que matar esta pasión!
Por eso sufro y me emborracho agora...
¡Porque no sé qué hacer,
y ya no hallo la hora
de ´ejar de paecer!
Ya con gusto no duermo ni trabajo...
Cuando llego a pasar
frente al chinchel del Bajo,
siento como unas ansias de matar.
Mi acuerdo de aquel viejo ´escastao
que con su propia sangre negoció;
y, por no verlo, miro pa´ otro lao...
¡Con toa mi alma lo aborrezco yo!…
Parece que hasta el viento
que sacúe zumbando el matorral
se estuviera gozando en mi tormento…
Y aprieto bajo el poncho mi puñal;
y yo, guaso leal, guaso sencillo,
compriendo a los que matan por amor,
Y quisiera acabar en el banquillo
esta vía ‘e vergüenza y ´e dolor.
Víctor Domingo Silva.
YO PECADOR

Yo galán imperfecto
Yo danzarín al borde del abismo,
Yo sacristán obsceno
Niño prodigio de los basurales,
Yo sobrino - yo nieto
Yo confabulador de siete suelas,
Yo señor de las moscas
Yo descuartizador de golondrinas,
Yo jugador de fútbol
Yo nadador del Estero las Toscas,
Yo violador de tumbas
Yo satanás enfermo de paperas,
Yo conscripto remiso
Yo ciudadano con derecho a voto,
Yo ovejero del diablo
Yo boxeador vencido por mi sombra,
Yo bebedor insigne
Yo sacerdote de la buena mesa,
Yo campeón de cueca
Yo campeón absoluto de tango
De guaracha, de rumba, de vals,
Yo pastor protestante
Yo camarón, yo padre de familia,
Yo pequeño burgués
Yo profesor de ciencias ocultas,
Yo comunista, yo conservador
Yo recopilador de santos viejos,
(Yo turista de lujo)
Yo ladrón de gallinas
Yo danzarín inmóvil en el aire,
Yo verdugo sin máscara
Yo semidiós egipcio con cabeza de pájaro,
Yo de pie en una roca de cartón:
Háganse las tinieblas
Hágase el caos,
háganse las nubes,
Yo delincuente nato
Sorprendido infraganti
Robando flores a la luz de la luna
Pido perdón a diestra y siniestra
Pero no me declaro culpable.
Nicanor Parra
sábado, 5 de marzo de 2011
lunes, 7 de febrero de 2011
Las flores y los cantos (¿He de irme?)

Del interior del cielo vienen
las bellas flores, los bellos cantos.
Los afea nuestro anhelo,
nuestra inventiva los echa a perder,
a no ser los del príncipe chichimeca
Tecayehuatzin.
¡Con los de él, alégrense!.
La amistad es lluvia de flores preciosas.
Blancas vedijas de plumas de garza,
se entrelazan con preciosas flores rojas:
en las ramas de los árboles,
bajo ellas andan y liban
los señores y los nobles.
Su hermoso canto:
un dorado pájaro cascabel,
lo elevas muy hermoso.
Estás en un cercado de flores.
Sobre las ramas floridas cantas.
¿Eres tú acaso, un ave preciosa del Dador de la
vida?
¿Acaso tú al dios has hablado?
Tan pronto como viste la aurora,
te has puesto a cantar.
Esfuércese,quiera las flores de mi escudo,
las flores del Dador de la vida.
¿Qué podrá hacer mi corazón?
En vano hemos llegado,
en vano hemos brotado en la tierra.
¿He de irme como las flores que perecieron?
¿Nada quedará de mi nombre?
¿Nada de mi fama aquí en la tierra?
¡Al menos mis flores, al menos mis cantos!
¿Qué podrá hacer mi corazón?
En vano hemos llegado,
en vano hemos brotado en la tierra.
Gocemos, oh amigos,
haya abrazos aquí.
Ahora andamos sobre la tierra florida.
Nadie hará terminar aquí
los flores y los cantos,
ellos perdurarán en la casa del Dador de la vida.
Aquí en la tierra es la región de momento fugaz.
¿También es así en el lugar
donde de algún modo se vive?
¿Hay allá alegría, hay amistad?
¿O sólo aquí en la tierra
hemos venido a conocer nuestros rostros?
Poesía Náhuatl.
domingo, 6 de febrero de 2011
Who are we?
We... we could be friends, you know' said Coraline.
"We could be rare specimens of an exotic breed of African dancing elephants!, said the cat. "But we're not. At least" [...]
"Please. What's your name?" Coraline asked the cat. [...]
"Cats don't have names", it said.
"No?" said Coraline.
"No," said the cat. "Now, you people have names. That's because you don't know who you are. We know who we are, so we don't need names."
Neil Gaiman de Coraline.

¿Quiénes somos?
"Nosotros... nosotros podriamos ser amigos, ya sabes," dijo Coraline.
"¡Nosotros podriamos ser un especimen raro de alguna raza exótica de Elefantes africanos bailarines!" dijo el gato."Pero no lo somos, después de todo."[...]
"Por favor. ¿Cómo te llamas?" Preguntó Coraline al gato.[...]
"Los gatos no tienen nombre", dijo él.
"¿No?", preguntó Coraline.
"No," respondió el gato. " Actualmente, vosotros la gente teneis nombres. Eso es porque vosotros no sabeis quienes sois. Nosotros sabemos quienes somos, así que no necesitamos nombres."
Neil Gaiman de Coraline.
"We could be rare specimens of an exotic breed of African dancing elephants!, said the cat. "But we're not. At least" [...]
"Please. What's your name?" Coraline asked the cat. [...]
"Cats don't have names", it said.
"No?" said Coraline.
"No," said the cat. "Now, you people have names. That's because you don't know who you are. We know who we are, so we don't need names."
Neil Gaiman de Coraline.

¿Quiénes somos?
"Nosotros... nosotros podriamos ser amigos, ya sabes," dijo Coraline.
"¡Nosotros podriamos ser un especimen raro de alguna raza exótica de Elefantes africanos bailarines!" dijo el gato."Pero no lo somos, después de todo."[...]
"Por favor. ¿Cómo te llamas?" Preguntó Coraline al gato.[...]
"Los gatos no tienen nombre", dijo él.
"¿No?", preguntó Coraline.
"No," respondió el gato. " Actualmente, vosotros la gente teneis nombres. Eso es porque vosotros no sabeis quienes sois. Nosotros sabemos quienes somos, así que no necesitamos nombres."
Neil Gaiman de Coraline.
miércoles, 12 de enero de 2011
Walking Around

Sucede que me canso de ser hombre.
Sucede que entro en las sastrerías y en los cines
marchito, impenetrable, como un cisne de fieltro
Navegando en un agua de origen y ceniza.
El olor de las peluquerías me hace llorar a gritos.
Sólo quiero un descanso de piedras o de lana,
sólo quiero no ver establecimientos ni jardines,
ni mercaderías, ni anteojos, ni ascensores.
Sucede que me canso de mis pies y mis uñas
y mi pelo y mi sombra.
Sucede que me canso de ser hombre.
Sin embargo sería delicioso
asustar a un notario con un lirio cortado
o dar muerte a una monja con un golpe de oreja.
Sería bello
ir por las calles con un cuchillo verde
y dando gritos hasta morir de frío
No quiero seguir siendo raíz en las tinieblas,
vacilante, extendido, tiritando de sueño,
hacia abajo, en las tapias mojadas de la tierra,
absorbiendo y pensando, comiendo cada día.
No quiero para mí tantas desgracias.
No quiero continuar de raíz y de tumba,
de subterráneo solo, de bodega con muertos
ateridos, muriéndome de pena.
Por eso el día lunes arde como el petróleo
cuando me ve llegar con mi cara de cárcel,
y aúlla en su transcurso como una rueda herida,
y da pasos de sangre caliente hacia la noche.
Y me empuja a ciertos rincones, a ciertas casas húmedas,
a hospitales donde los huesos salen por la ventana,
a ciertas zapaterías con olor a vinagre,
a calles espantosas como grietas.
Hay pájaros de color de azufre y horribles intestinos
colgando de las puertas de las casas que odio,
hay dentaduras olvidadas en una cafetera,
hay espejos
que debieran haber llorado de vergüenza y espanto,
hay paraguas en todas partes, y venenos, y ombligos.
Yo paseo con calma, con ojos, con zapatos,
con furia, con olvido,
paso, cruzo oficinas y tiendas de ortopedia,
y patios donde hay ropas colgadas de un alambre:
calzoncillos, toallas y camisas que lloran
lentas lágrimas sucias.
Pablo Neruda
viernes, 10 de diciembre de 2010
martes, 20 de julio de 2010
DÍAS TRISTES / DÍAS FELICES

Viven tan poco los animales
y en cada uno de ellos
hay algo de mi vida que se niega a morir
y en cada uno hay un llamado mío
un oscuro deseo que ellos sólo conocen
porque son como el juego inventado por los días tristes
con los días felices.
Ellos aprendieron a ladrar y a maullar nombrándome
pero vivieron muy poco para seguirme desde lejos
hasta verme desaparecer en los caminos
y cada vez que me alejo de un lugar
yo los siento venir a mi garganta como un sordo
y dulce gemido.
Cuando los niños o los animales me olvidan
yo también me olvido por qué la lluvia y la nieve
me hacían tan feliz
yo también me olvido por qué he vivido hasta ahora.
EFRAÍN BARQUERO
Fuente: http://lavquen.tripod.com/efrainbarquero.htm
jueves, 8 de octubre de 2009
SANTA SANGRE
MI ESCENA FAVORITA DE ESTA GRAN PELICULA DE DON JODO, UN CUADRO DE ELLA (SI SE DICE ASI) A MODO DE HOMENAJE (ESPERO) SE REPRODUCE EN FORREST GUMP.
martes, 23 de junio de 2009

Era un día como cualquier otro
a sus cuarenta y pico,
volvía del trabajo y se sentía algo mareado,
supuso que tenia el azúcar alto,
otra vez la vieja diabetes,
que es una pésima compañera,
a falta de alguien a quien dar ese calificativo,
a veces esperamos tanto…
y nos damos cuenta de que nuestra vida solo fue esperar,
aunque la conformación y la inercia
nos invadan por todos lados,
es bueno saber que todavía
no hemos terminado de renunciar.
Conforme pasaban las horas se sintió peor
y fue en vano intentar dormir,
a la mañana siguiente se dirigió al hospital mas cercano,
lo internaron,
le dijeron que tenia una descompensación diabética,
lo vistieron con esos delantales de hospital
que nos hacen sentir tan vulnerables,
pensó que aunque se dijera muchas veces
que el era joven y fuerte,
viéndose así vestido
estaba a completa disposición
de los caprichos de la enfermedad,
de su cuerpo, que se revelaba,
que ahora le parecía algo ajeno
y del que absurdamente dependía su destino,
¡hasta él mismo!,
su cuerpo, que pretendía
negarle a su alma el derecho natural de seguir soñando
y al que sabia, siempre había intentado satisfacer,
antes de perder la conciencia
y al reconocer un par de ojos queridos que venían a verlo,
preguntó, ¿por que tenia que pasar esto?,
como si estuviera ocurriendo algo impensado
dada su condición de inmortal,
supuso que en instantes deberían darle la extremaunción
aunque el fuera agnóstico,
le reconfortaba la idea de eternidad
y no quería hacerse cuestionamientos metafísicos,
ya había pensado mucho en eso
y solo podía aceptar la infinidad de incertezas,
pensó que no dejaría descendencia,
ni una mujer que le hubiera regalado su vida,
tuvo un ultimo pensamiento,
a pesar de los años, a pesar de la vida vivida,
para ella, para la única que amo
y se sintió consecuente.
sábado, 20 de junio de 2009
MANCHAS DE HUMEDAD

Gotas de lluvia caen en mi pecho
Y solo responde un eco de notas ahuecadas
Y mis ojos ya no miran
Parecen fijos en el firmamento
Pero ya no miran
Me gusta llamar firmamento al techo de mi pieza
Que con sus manchas de humedad
Es el único cielo que me queda
Ahora que ya no estás
Ahora que ya no estás
Siento no haberte dicho que te amaba
De la forma en que merecías oírlo
a veces logro armar una frase y emocionarme
y entonces me doy cuenta que ya no estas
que con nadie mas podré compartir esa emoción
y deberé guardármela para siempre
como este dolor que no deja de repetir tu nombre
de añorarte, de pensar en lo que hice y en lo que no hice
y de contemplar ahora esas feas manchas de humedad.
Manchas de humedad
Recuerdo haber limpiado el baño de mi casa
Y de escribir con cloro nuestros nombres en manchas de humedad
Y nadie se dio cuenta porque era en el techo
Porque nadie alza la vista para ver manchas de humedad
Solo tú y te pareció gracioso
Y ahora que ya no estas
Solo quedan tus ojos
Que me miran fijo
Desde oscuras manchas de humedad.
sábado, 23 de mayo de 2009
Mediterráneo
Escena de una de mis películas favoritas que esta "dedicada a todos aquellos que siguen escapando", ganadora del Oscar por mejor película extranjera el '91 y dirigida por Gabriele Salvatores, Mediterráneo.
Quale la cosa più bella
sopra la terra bruna?
Uno dice una torma di cavalieri,
uno di fanti,
uno di navi.
Io, ciò che s'ama.
¿Cual es la cosa mas bella
Sobre la tierra obscura?
Uno dice la caballería,
otro la infantería,
otro la flota,
yo, lo que se ama.
Safo.
Quale la cosa più bella
sopra la terra bruna?
Uno dice una torma di cavalieri,
uno di fanti,
uno di navi.
Io, ciò che s'ama.
¿Cual es la cosa mas bella
Sobre la tierra obscura?
Uno dice la caballería,
otro la infantería,
otro la flota,
yo, lo que se ama.
Safo.
viernes, 22 de mayo de 2009
Vesti la Giubba
Letra en italiano / Traducción al español
Recitar! Mentre preso dal delirio /¡Recitar! ¡Mientras preso del delirio,
non so più quel che dico e quel che faccio! / no sé ya lo que digo ni lo que hago!
Eppure… è d’uopo… sforzati! / Y sin embargo… es necesario… ¡esfuérzate!
Bah, seti tu forse un uom? / ¡Bah! ¿Acaso eres tú un hombre?
Tu sei Pagliaccio! / ¡Tú eres payaso!
Vesti la giubba e la faccia infarina. / Ponte el traje y la cara en harina.
La gente paga e rider vuole qua. / La gente paga y aquí quiere reír,
E se Arelcchin t’invola Colombina / y si Arlequín te birla a Colombina,
Ridi, Pagliaccio e ognun applaudirà! / ¡Ríe, Payaso, y todos te aplaudirán!
Tramuta in lazzi lo spasmo ed il pianto; / Muda en pantomimas la congoja y el llanto;
in una smorfia il singhiozzo e ‘l dolor… / en una mueca los sollozos y el dolor.
Ridi, Pagliaccio, sul tuo amore infranto, /¡Ríe, Payaso, sobre tu amor despedazado!
Ridi del duol che t’avvelena il cor! / ¡Ríe del dolor que te envenena el corazón!
sábado, 4 de abril de 2009
LA PANTERA
en el Zoológico del Jardín des Plantes, Paris
Su mirada se ha cansado tanto de observar
el interminable desfile de barrotes ante sí,
que ya mas nada puede retener.
pues para Él, es como si mil barrotes hubieren
y tras cada uno de esos mil barrotes, ningún mundo.
El hábil y ligero andar de sus firmes pasos
que en torno a pequeños círculos girando van
son como una danza de fuerza alrededor de un centro
en el que aun se yergue dormida una enorme voluntad.
Solamente a veces, silenciosamente desplaza los
cortinajes que ocultan sus pupilas;
cruzando hacia su interior una imagen,
que a través de la tensa quietud de sus miembros se desliza,
para caer en su corazón, desvanecerse y morir.
traducción: Esteban Lobos Dellepiane.
Der Panther
Im Jardin des Plantes, Paris
Sein Blick ist vom Vorübergehn der Stäb
eso müd geworden, dass er nichts mehr hält.
Ihm ist, als ob es tausend Stäbe gäbe
und hinter tausend Stäben keine Welt.
Der weiche Gang geschmeidig starker Schritte,
der sich im allerkleinsten Kreise dreht,
ist wie ein Tanz von Kraft um eine Mitte,
in der betäubt ein großer Wille steht.
Nur manchmal schiebt der Vorhang der Pupille
sich lautlos auf -. Dann geht ein Bild hinein,
geht durch der Glieder angespannte Stille-
und hört im Herzen auf zu sein.
Rainer Maria Rilke
6.11.1902, Paris.
viernes, 20 de marzo de 2009
AQUEL MINUTO EN WATERLOO

La estrella del destino rige a los poderosos y a los violentos. Durante años se convierte en la esclava servil de un solo hombre. Como sucedió con Alejandro, César y Napoleón.
Rarísimas veces, en el espacio de los tiempos, impulsada por su caprichosa veleidad, se entrega al azar a un cualquiera. Rarísimas veces —momentos maravillosos de la historia de la Humanidad— el hilo de los hados se detiene un instante en la indiferente mano de un hombre que se siente más asustado que feliz ante la borrasca de responsabilidad que le empuja entonces a tomar parte en el heroico espectáculo del mundo, y la mano deja escapar el hilo que había retenido unos segundos. Son poquísimos los que se dan cuenta de ese azar y lo aprovechan para elevarse. Efímero es el momento en que la grandeza se entrega a los pusilánimes, y la suerte no volverá a ellos por segunda vez.
GROUCHY
En medio de los bailes, de los galanteos cortesanos, de intrigas y discusiones del Congreso de Viena suena como un cañonazo la noticia de que Napoleón, el desterrado en la isla de Elba, había huido de allí y se encontraba en Francia. Uno tras otro van llegando los mensajes: ha conquistado Lyón, y expulsado al Rey; fanáticamente van las tropas a su encuentro; ya está otra vez en París, en las Tullerías. Han sido inútiles Leipzig y los veinte años de guerras homicidas. Asustados, los intrigantes ministros ya no pueden discutir. Se apresuran a ponerse de acuerdo en aquel momento de peligro para todos. Se organiza rápidamente el ejército inglés, el austríaco, el prusiano y el ruso, cuyo único objetivo es destruir definitivamente el poder del usurpador: jamás estuvo Europa tan unida como en aquellos momentos de pánico. Desde el Norte se dirige Wellington contra Francia; Blücher, con su ejército prusiano, se acerca para ayudarle; Schwarzenberg toma posiciones en el Rin, y los pesados y lentos regimientos rusos, formando las reservas, pasan por Alemania. Le basta a Napoleón una sola mirada para darse cuenta del peligro mortal que le acecha. Sabe que no puede perder tiempo, que no debe esperar a que sus enemigos se reúnan. Es preciso dividirlos, atacarlos por separado, a los prusianos, a los ingleses, a los austríacos, antes de que se conviertan en homogéneo ejército europeo y produzcan el hundimiento dé su Imperio. Ha de apresurarse; en su propio país, los enemigos se despiertan. Debe vencer antes de que los republicanos cobren más fuerza y se unan a los realistas, antes de que el hipócrita y enigmático Fouché, de acuerdo con Talleyrand, émulo suyo, destruya a su espalda la victoria. En un impulso trascendental debe aprovechar el delirante entusiasmo de sus tropas para arremeter contra el enemigo. Cada día significa una pérdida, en cada hora se oculta un peligro. Por eso no vacila en tirar los dados sobre el campo de batalla más ensangrentado de Europa: Bélgica. El 15 de junio, a las tres de la madrugada, la vanguardia del grande y único ejército de Napoleón pasa la frontera. El 16, la emprenden ya contra los prusianos y los hacen retroceder. Es el primer zarpazo del león que se siente en libertad, zarpazo terrible pero no mortal. Vencido pero no aniquilado, el ejército prusiano se retira hacia Bruselas.
Retrocede Napoleón para asestar el segundo golpe contra Wellington. No tiene tiempo de tomar aliento; cada día que pasa supone un refuerzo para el enemigo. Además, detrás de él está el pueblo francés, cuyo ánimo necesita mantener con victoriosos partes de guerra. El 17, todavía marcha con todo su ejército hasta las alturas de Quatre-Bras, donde Wellington, el frío enemigo de nervios de acero, se ha atrincherado. Jamás fueron las disposiciones de Napoleón más meditadas, más claras sus órdenes como en aquel día; no sólo piensa en el ataque, sino que prevé también sus peligros, y no se le pasa por alto la posibilidad de que el ejército de Blücher, que aunque derrotado no estaba deshecho, pueda unirse al de Wellington. Para impedir esto destaca una parte de su ejército con la misión de que, paso a paso, vaya alejando a las huestes prusianas e impida su unión con los ingleses.
El mariscal Grouchy es el encargado de realizar esa operación. Se trata de un hombre de mediana inteligencia, recto, valiente, de toda confianza; un buen jefe de probado valor, pero nada más que un buen jefe. No es un guerrero arrojado e impetuoso como Murat, ningún estratega como Saint-Cyr y Berthier, ningún héroe como Ney. No ostenta condecoraciones, no está aureolado por ningún mito de hazañas legendarias, no hay en él nada destacado que acuse personalidad en aquel mundo heroico napoleónico. Sólo le han dado nombre sus desgracias y sus fracasos. Luchó durante veinte años, desde España hasta Rusia, de Holanda a Italia, y alcanzó su graduación de mariscal lentamente, aunque no inmerecidamente, sin ningún hecho extraordinario en su historia militar. Las balas austríacas, el sol de Egipto, los puñales árabes, los hielos de Rusia, fueron aniquilando a camaradas: Desaix en Marengo, Kleber en El Cairo, Lann en Wagram. No conquistó la ruta hacia la dignidad suprema, sino que le fue deparada por sus veinte años de campaña.
Napoleón sabe perfectamente que en Grouchy no tiene ningún estratega, sino un hombre de confianza, valiente y sereno. Pero la mitad de sus mariscales yacen bajo tierra y los que quedan están desalentados y viven retirados en sus moradas, hartos de la vida de campaña. Por eso se ve precisado a confiar una acción decisiva a un hombre de medianas condiciones.
El 17 de junio, a las once de la mañana, un día después de la victoria de Ligny, uno antes del desastre de Waterloo, Napoleón confía al mariscal Grouchy por primera vez una acción independiente. En un segundo, aquel militar modesto se integra a la historia universal. Unos instantes solamente, sí, pero ¡qué instantes! Concreta es la orden de Napoleón. Mientras el mismo Emperador ataca a los ingleses, corresponde a Grouchy perseguir con un tercio del ejército a los prusíanos. Orden sencilla en apariencia, precisa e inconfundible, pero flexible quizá y de dos filos, como una espada, puesto que, con dicho mandato, Grouchy queda obligado a mantenerse constantemente unido al grueso del ejército.
Con cierta vacilación, el mariscal se hace cargo del mando. No está acostumbrado a obrar por cuenta propia; su prudencia, carente de iniciativa, sólo se siente segura cuando la mirada genial del Emperador le indica la actitud que debe tomar. Luego barrunta el descontento de sus generales y quizá también algún golpe inesperado del destino. Sólo le tranquiliza la proximidad del cuartel general; tres horas escasas de marcha le separan del ejército del Emperador.
Grouchy se despide en medio de una lluvia torrencial. Después, lentamente, hundiendo los pies en el fango, avanzan sus soldados tras las huellas prusianas, o al menos en la dirección que suponen ha tomado Blücher.
LA NOCHE DE CAILLOU
Continúa cayendo una lluvia nórdica. Como rebaño empapado de agua marchan en la oscuridad los regimientos de Napoleón. El barro dificulta el paso. No hay donde cobijarse, ni techo ni casa alguna. La paja está demasiado mojada para echarse en ella. Los soldados se reúnen en grupos y duermen sentados, espalda con espalda, bajo la despiadada lluvia. El Emperador mismo no descansa; está dominado por un nerviosismo febril, pues los reconocimientos fracasan debido al mal tiempo; los informes de los exploradores son muy confusos. Ignora si Wellington se dispone a atacar y no tiene la menor noticia de Grouchy acerca de los prusianos. A la una de la madrugada, despreciando la lluvia, que sigue cayendo torrencialmente, el Emperador sale a recorrer las avanzadas. En la lejanía, a un tiro de cañón, se distingue, a través de la niebla, el amortiguado resplandor de las luces del campamento inglés. Al despuntar el alba vuelve a su pequeña cabaña de Caillou, su modesto cuartel general, donde encuentra los primeros partes de Grouchy. Son noticias poco claras respecto a la retirada de los prusianos, pero con la promesa tranquilizadora de que continuarán siendo perseguidos. Poco a poco va cesando la lluvia.
El Emperador va y viene, impaciente, por la habitación luego se detiene a la entrada de la casucha y fija la mirada en el horizonte, esperando que el velo que cubre la lejanía descorra y permita tomar una decisión.
A las cinco de la mañana deja de llover. Se disipan también los nubarrones de la duda. Circula la orden para que, a las ocho, todo el ejército esté dispuesto para entrar combate. Redoblan los tambores, y los enlaces a caballo galopan en todas direcciones. Napoleón se echa entonces en lecho de campaña para dormir un par de horas.
LA MAÑANA DE WATERLOO
Son las nueve de la mañana. Las tropas no están todavía del todo reunidas. El terreno, enfangado por la lluvia, que ha caído sin cesar durante tres días, dificulta el avance de la artillería. Lentamente se levanta el sol, y sus primeros rayos brillan acompañados de un cortante viento. No aquel sol de Austérlitz, ardiente y lleno de promesas, si un sol pálido de nórdicos resplandores. Por fin están puestas las tropas, y, antes de empezar la batalla, Napoleón recorre el frente montado en su blanca yegua. Como impelidas por un violento vendaval se inclinan hacia el suelo las águilas de todas las banderas, los jinetes blanden sables y los infantes levantan sus peludos gorros en las puntas de las bayonetas. En honor del Emperador redoblan frenéticamente los tambores; las trompetas lanzan al espacio sus vibrantes notas, pero todos aquellos estridentes sonidos quedan apagados por el grito delirante que resuena como un trueno por encima de las tropas, que sale de setenta mil gargantas a la vez: «Vive I'Empereur!»
Jamás ninguna revista militar, durante los veinte años napoleónicos, fue tan magnífica y entusiasta cómo ésta. La última. Cuando cesaron los vítores eran las once - tres horas más tarde de lo previsto, tres horas de retrato fatal -. Se ordena a la artillería que concentre el fuego sobre las «guerreras rojas» que ocupan la colina, pues Ney, le brave des braves, avanza ya al frente de los infantes. Comienza la hora decisiva para Napoleón. Incontables veces ha sido descrita esta batalla, pero nunca nos cansamos de leer sus emociones alternativas en la descripción magnífica de Walter Scott o en el estupendo relato de Stendhal. Se contempló de cerca y de lejos, lo mismo desde la colina donde se encuentra el Emperador, a distancia, como de cerca, sobre la silla de coracero. Obra maestra de tensión y de dramatismo, que va de la angustia a la esperanza, y que, de repente, se transforma en un momento catastrófico, símbolo de una verdadera tragedia. En el destino de un hombre está vinculada la suerte de Europa entera. Ese asombroso castillo de fuegos artificiales que fue toda la existencia de Napoleón chisporrotea en lo alto, una vez más, para iluminar, por un instante, la inmensidad del cielo con el fulgor de sus cohetes y extinguirse luego para siempre. Desde las once hasta la una, los regimientos franceses asaltan las alturas, toman pueblos y posiciones, tienen que retroceder, pero vuelven a atacar. Ya son diez mil los cadáveres que cubren aquella fangosa y desierta tierra, pero nada se ha conseguido. Los dos ejércitos están agotados, exhaustos; los dos generales se muestran inquietos. Todos saben que la victoria será de aquel que reciba antes refuerzos, Wellington de Blücher, Napoleón de Grouchy. El Emperador coge, nervioso, el catalejo y envía continuamente mensajeros. Si el mariscal llega a tiempo, volverá a brillar sobre Francia el sol de Austerlitz.
LA FALLA DE GROUCHY
Sin darse cuenta él mismo, Grouchy tiene en sus manos la suerte de Napoleón. Cumpliendo las órdenes recibidas, partió al atardecer del 17 de junio y tras los prusianos en la dirección que creyó habrían seguido. La lluvia había cesado y, como si marcharan por tierras sin enemigos, los jóvenes soldados que hasta el día anterior no habían venteado la pólvora no ven aparecer por ninguna parte al adversario ni descubren la menor huella del ejército prusiano.
De repente, mientras el mariscal toma un ligero refrigerio en una casa de campo, notan que el suelo se estremece bajo sus pies. Prestan atención, y llega hasta ellos un sordo, continuo y amortiguado rumor. Son cañones que disparan a una distancia de tres horas. Algunos oficiales se echan al suelo y pegan el oído en él como hacen los indios, para poder precisar la dirección del cañoneo. Su eco retumba apagado y lejano. Son las baterías de Saint-Jean, es el principio de Waterloo. Grouchy reúne a los oficiales en consejo. Gérard, el jefe de su Estado Mayor, exclama con ardimiento:
—¡Hay que ir a buscar esos cañones!
Otro oficial apoya esa opinión gritando:
—¡Vamos por ellos inmediatamente!
Ninguno duda que el Emperador ha dado ya con los ingleses y que ha comenzado una dura batalla. Pero Grouchy está indeciso. Acostumbrado a obedecer, se atiene a las instrucciones recibidas, a la orden imperial de perseguir a los prusianos en su retirada. Gérard, ante el titubeo del mariscal, insiste con vehemencia:
—¡Vayamos por los cañones!
Y para los veinte oficiales, aquellas palabras suenan como una orden, como una súplica. Pero Grouchy no está conforme con la sugerencia. Vuelve a decir terminantemente que él no puede dejar de cumplir su obligación mientras no llegue una contraorden del Emperador. Los oficiales se sienten decepcionados, escuchando en el expectante silencio el lejano retumbar de los fatídicos cañones.
Entonces Gérard intenta un último recurso. Suplica que se le permita acudir al campo de batalla con su división y unas cuantas piezas de artillería, comprometiéndose a regresar a tiempo. Grouchy reflexiona durante un momento.
LA HISTORIA DEL MUNDO EN UN MOMENTO
Grouchy reflexiona un momento, y ese momento decide su propio destino, el de Napoleón y el del mundo entero. Aquel momento transcurrido en una casa de campo de Walheim decide todo el siglo XlX. Aquel momento —que encierra la inmortalidad— está pendiente de los labios de un hombre mediocre pero valiente; se halla entre las manos que estrujan crispadamente la orden del Emperador. ¡Oh, si en aquellos instantes Grouchy fuera capaz de arriesgarse audazmente, de desobedecer las órdenes recibidas por convencimiento propio ante los hechos, Francia estaría salvada! Pero aquel mediocre y apocado hombre se limita a atenerse a la disciplina. Es incapaz de escuchar la voz del destino.
Por eso Grouchy se niega enérgicamente. Sería un acto de insensatez dividir más aún un cuerpo de ejército que ya se halla dividido. Su misión es perseguir a los prusianos, sólo eso. Los oficiales no replican. Un penoso silencio se hace alrededor del jefe. Y en aquellos instantes se le escapa irremediablemente lo que ya ni palabras ni hechos podrán restablecer: Wellington ha vencido.
Prosigue el avance. Gérard y Vandôme, comidos por la rabia; Grouchy, intranquilo y a cada momento menos seguro, pues, cosa curiosa, no se ve el menor vestigio del ejército prusiano, que parece haber abandonado la idea de marchar sobre Bruselas. De pronto, unos emisarios traen noticias sospechosas de que la retirada del enemigo se ha convertido en una marcha de flanco hacia el campo de batalla. Aún habría tiempo de correr en auxilio del Emperador, pero Grouchy continúa esperando la contraorden, cada vez más inquieto y preocupado. Sin embargo, no llega. Retumban sin cesar los cañones. La tierra tiembla: son los dados de hierro que decidirán la batalla de Waterloo.
LA TARDE DE WATERLOO
Es ya la una. Se han lanzado cuatro ataques, que han removido sensiblemente el centro de Wellington. Napoleó se prepara para el asalto decisivo. Manda reforzar las baterías de Belle-Alliance, y antes de que se desvanezca la cortina de humo que cubre las colinas dirige una última mirada al campo de batalla.
Y entonces descubre que por la parte del Noroeste, un oscura y amplia sombra parece surgir de los bosques. ¡Son nuevas tropas! Todos los catalejos se concentran en aquel punto. ¿Será Grouchy que, inspiradamente, ha desobedeció sus órdenes y se presenta providencialmente en el instante decisivo? No, un prisionero cree que se trata de fuerzas prusianas, de la vanguardia del general Von Blücher. El Emperador sospecha por primera vez que el ejército alemán ha burlado la persecución y va a unirse con los ingleses, mientras sus propias fuerzas maniobran inútilmente. Acto seguido envía un mensaje a Grouchy ordenándole que mantenga el contacto a toda costa y evite que los prusianos intervengan en la batalla.
El mariscal Ney recibe al mismo tiempo orden de atacar. Hay que rechazar a Wellington antes de que lleguen los prusianos: nada parece temerario ante la incertidumbre de la situación. Toda la tarde se suceden los furiosos ataques en la llanura, con incesantes refuerzos de infantería, que toma por asalto las aldeas destruidas; flamean las banderas sobre la ola napoleónica que arremete contra el agotado enemigo. Pero Wellington continúa resistiendo y no llega ninguna noticia de Grouchy. «¿Dónde está Grouchy? ¿Dónde espera?», murmura nerviosamente Napoleón, viendo que la vanguardia prusiana va interviniendo progresivamente en la lucha. Sus mariscales también se impacientan. Y resueltamente, para acabar de una vez, el mariscal Ney, tan temerario como Grouchy prudente ha perdido ya tres caballos en la batalla—, lanza a toda la caballería francesa a un ataque conjunto. Diez mil coraceros y dragones emprenden la terrible carrera de la muerte, destruyen cuadros, arrollan a los artilleros y penetran en las primeras filas enemigas. Son rechazados otra vez, pero la fuerza de los ingleses toca a su fin, el dominio que ejercían sobre aquellas colinas empieza a ceder. Y cuando la diezmada caballería francesa retrocede ante las descargas de fusilaría, avanza la última reserva de Napoleón, de un modo lento y grave: es la vieja guardia que marcha a conquistar la colina de cuya posesión depende el destino de Europa.
LA DECISIÓN
Cuatrocientos cañones truenan por ambas partes desde la mañana. La planicie se estremece al choque de la caballería con las tropas adversarias, que lanzan torrentes de fuego al redoble enardecedor de los tambores. Pero arriba, en lo alto de ambas colinas, los dos caudillos permanecen impasibles ante el ruido de aquella terrible tempestad humana. Están pendientes de otro sonido más apagado: el tic-tac de los relojes, que late como el corazón de un pájaro en sus respectivas manos, marcando el tiempo, indiferentes a los hombres que combaten. Napoleón y WelIington no separan los ojos de sus cronómetros: cuentan las horas, los minutos que han de traerles los esperados refuerzos decísivos. Wellington sabe que Blücher está cerca. Napoleón espera a Grouchy. Ninguno de los dos cuenta con más fuerzas de reserva. Las que lleguen antes decidirán la victoria. Junto al bosque empieza a distinguirse la polvorienta nube de la vanguardia prusiana. Napoleón y Wellington están pendientes de aquel enigma. ¿Se trata sólo de algunos destacamentos? ¿Es el grueso del ejército que ha escapado de Grouchy?
Los ingleses resisten con sus últimas fuerzas, pero también los franceses están exhaustos. Los dos ejércitos, jadeantes, permanecen frente a frente; como dos luchadores dejan caer ya los debilitados brazos y contienen la respiración antes de acometerse por última vez.
Por fin retumban los cañones por el flanco de los prusianos, se vislumbran destacamentos, se oye el ruido de la fusilaría. «¡Por fin llega Grouchy!», suspira Napoleón. Confiando en que tiene el flanco asegurado, reúne a sus hombres y se lanza otra vez contra el centro de Wellington, para romper el anillo inglés que guarda Bruselas y hacer volar la puerta de Europa.
Pero aquel fuego de fusilaría no ha sido más que una desorientadora escaramuza. Desconcertados los prusianos por unos uniformes desconocidos, centran el fuego sobre los de Hannóver, pero inmediatamente se dan cuenta de su lamentable confusión y en poderoso alud salen de la espesura del bosque. No, no es Grouchy quien se acerca con sus tropas, sino Blücher, y con él la fatalidad. La noticia se difunde rápidamente entre las tropas imperiales, y empiezan a replegarse, pero conservando el orden todavía. Wellington, que comprende en seguida la crítica situación del adversario, galopa hasta la falda de la colina tan eficazmente defendida y agita el sombrero sobre su cabeza, señalando al enemigo que retrocede. Aquel gesto de triunfo es comprendido por sus hombres y, en un supremo esfuerzo, se lanzan contra la desmoralizada masa. Simultáneamente, la caballería prusiana ataca por el flanco al destrozado ejército, y se oye el grito demoledor de «¡Sálvese quien pueda!» En pocos minutos, el gran ejército, como un incontenible torrente, impelido por el terror, arrastra incluso a Napoleón. La caballería enemiga penetra en aquel torrente convertido ya en agua mansa e inofensiva para ella, donde pesca fácilmente el coche del caudillo francés, los valores del ejército, toda la artillería abandonada en aquella espuma de angustia y desesperación. El Emperador puede salvar la vida y la libertad sólo al amparo de la noche. Pero aquel hombre que, sucio, desconcertado, medio muerto de fatiga, se deja caer del caballo a la puerta de una miserable posada, ya no es un emperador. Su imperio, su dinastía, su suerte, se han desvanecido. La falta de decisión de un hombre mediocre ha derrumbado el magnífico edificio que construyera en veinte años el más audaz y genial de los mortales.
RETORNO AL DIA
Apenas el ataque inglés ha derribado a Napoleón, un desconocido va en una calesa por el camino de Bruselas y de allí al mar, donde un barco espera ya al viajero. Se dirige a Londres. El desconocido llega a la capital antes que los correos extraordinarios y consigue, gracias al total desconocimiento de la sensacional noticia, hacer saltar la Bolsa. Aquel hombre es Rotschild, que con esta hazaña genial funda un nuevo imperio, una nueva dinastía. Al día siguiente se conoce la victoria en Inglaterra. En Paris, Fouché, el eterno traidor, se entera de la derrota. En Bruselas y en Alemania se lanzan a vuelo las campanas de la victoria.
Sólo un ser no sabe nada a la mañana siguiente del desastre de Waterloo, aunque se encuentra sólo a cuatro horas de distancia del lugar memorable. Es el desgraciado Grouchy. Siempre fiel a las órdenes recibidas, continúa marchando en persecución de los prusianos. Pero como no los encuentra por ninguna parte, se desconcierta y flaquea su ánimo. Los cañones no cesan de tronar a poca distancia, cada vez más fuerte, como si pidieran auxilio. Cada disparo que hace temblar la tierra parece hundirse en el corazón. Todos saben con certeza que no se trata de un simple cañoneo, sino de una gran batalla: la batalla final.
Nerviosamente cabalga Grouchy entre sus oficiales, que evitan toda discusión con él, ya que sus consejos fueron rechazados.
Cerca de Wabre dan por fin con un cuerpo de ejército prusiano, de la retaguardia de Blücher, que se ha fortificado en aquel lugar. Rabiosos lánzanse contra las trincheras. Gérard va a la cabeza de sus hombres, como si, poseído de un fatídico presentimiento, buscase la muerte. Cae derribado por un balazo y enmudece para siempre la voz que podía reprochar. Al llegar la noche, los franceses se hacen dueños de la población, pero todos comprenden que aquella pequeñísima conquista ya no tiene ninguna importancia, pues allá lejos, en el campo de batalla, reina un helado y profundo silencio, una angustiosa quietud, una paz de muerte. Todos comprenden que era mil veces mejor el oír tronar los cañones que no la incertidumbre que ahora los consume. La terrible batalla, según todos los indicios, ha debido de terminar, pero ¿a favor de quién se ha decidido?
Y esperan toda la noche inútilmente. No llega ningún mensajero. Se diría que el gran ejército los ha abandonado, y se hallan allí sin objeto ni razón alguna. Con la aurora levantan los campamentos y reemprenden la marcha, agotados y plenamente convencidos de que ya de nada sirven sus avances y maniobras. Por fin, a las diez de la mañana, llega a galope tendido de su caballo un oficial del Estado Mayor. Le ayudan a desmontar y le asedian a preguntas. Pero él, con la faz descompuesta, los sudorosos cabellos pegados a las sienes, presa de una extraordinaria excitación, murmura unas palabras ininteligibles que nadie puede ni quiere comprender. Creen que delira cuando les dice que ya ni hay Emperador ni ejército imperial, que Francia está perdida. Pero poco a poco pueden arrancarle coordinadamente ya la triste narración. Grouchy, demudado, se apoya tembloroso en su sable; se da plena cuenta de que empieza en aquel instante el martirio de su vida. Pero con hombría asume para sí toda la responsabilidad. El hombre irresoluto y disciplinado que en el momento supremo no supo reaccionar como exigían las circunstancias, ahora, cuando se encuentra ante el peligro próximo, se conduce casi como un héroe. Reúne inmediatamente a todos los oficiales y, con los ojos llenos de lágrimas de rabia y de dolor, les dirige una alocución en la cual se acusa de su indecisión, que trata de justificar. Los oficiales, que ayer le miraban con rencor, le escuchan en silencio. Podrían acusarle y vanagloriarse de ser ellos los que estaban en lo cierto, pero nadie se atreve ni quiere hacerlo. La desesperación les hace enmudecer. Y precisamente en esa hora, demasiado tarde ya, pues ha dejado perder irremisiblemente el supremo instante, es cuando Grouchy demuestra todas sus aptitudes militares. Sus virtudes, su prudencia, su habilidad, su circunspección y escrupulosidad se hacen evidentes cuando se siente dueño de sí mismo y no al servicio de una orden escrita. Rodeado por fuerzas cinco veces superiores a las suyas, emprende la retirada de sus tropas a través del enemigo, merced a una habilísima maniobra estratégica, sin perder ni un solo hombre ni un solo cañón. Y así salva el último ejército del Imperio y de Francia. Pero a su regreso ya no hay un emperador que se lo agradezca ni un enemigo a quien desafiar. Llegó demasiado tarde. Jerárquicamente, asciende al ser nombrado general en jefe y par de Francia, cargos que desempeña con tacto y pericia, pero nada podrá hacerle recuperar aquel instante en que fue dueño del destino y no supo aprovecharlo.
Tremenda venganza del «momento supremo», de ese momento que de cuando en cuando se presenta a los mortales, entregándose al hombre anodino que no sabe utilizarlo. Las virtudes ciudadanas, la previsión, la disciplina, el celo y la prudencia, valores magníficos en circunstancias normales del vivir cotidiano, se diluyen, fundidas por el fuego glorioso del instante del destino que exige el genio para poder plasmarlo en una imagen imperecedera.
El vacilante es rechazado con desprecio. Únicamente los audaces, nuevos dioses de la tierra, son encumbrados por los brazos del destino al cielo de los héroes.
De Momentos estelares de la humanidad
Stefan Zweig.
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